Mientras dure la guerra

Así se titula la última peli de Amenábar, una cinta necesaria, una historia que abre los ojos, una voz clara entre el griterío.

Nunca he sido muy del Unamuno pensador, del hombre político. Sobre su literatura no tengo nada que decir. Pero sus posicionamientos políticos siempre me han causado muchos reparos. Tampoco soy muy fan de la Generación del 98. Hace unos años leí un libro de José María Ridao, titulado ‘El Pasajero de Mountaban’, en el que se hace un retrato, a mi juicio, muy certero de las verdaderas aportaciones de ese grupo de escritores al esqueleto político español, sembrando las semillas que armaron intelectual e ideológicamente todo lo que sucedió en la España de los años 20 y 30, cuyos efectos perduran hasta la actualidad.

No obstante, entiendo que Unamuno fue eso que Amenábar nos enseña en el película, un dechado de contradicciones, como cualquiera de nosotros, salvo que cualquiera no tenía la repercusión que los pensamientos de Unamuno recibían.

Aunque toda la historia de la película se construye sobre un detonante final, el del incidente entre el escritor vasco y el general Millán- Astray en la Universidad de Salamanca en 1936, a lo largo de todo el metraje se puede apreciar el sincero retrato que el cineasta quiere hacer de uno de esos españoles excepcionales de nuestra historia.

En el diálogo, no sé si real o ficticio, existente entre Salvador Vila y Miguel de Unamuno, frente a una de esas estampas castellanas que los escritores noventaiochistas nos dibujaron como arquetipos de lo castellano, o lo que para ellos era lo mismo, como sinónimo de lo español, el que fue rector de la Universidad de Granada, también fusilado por los golpistas, le espeta a Unamuno a la cara su larguísima tradición de cambios de opinión, de oscilaciones políticas. Y no es la única confrontación de ese tipo que nos presenta un guión magnífico.

En cualquier caso, el valor que le doy a la película es el de abrir de par en par uno de esos temas que nuestra historia aún dibuja con la mirada en el suelo. En cuanto a los personajes, es verdad que Amenábar dibuja a un Franco demasiado pazguato, pero no hay biografía del asesino que no nos muestre lo pusilánime de su carácter, la mediocridad de su talento, la insignificancia de su pensamiento, o un Millán-Astray con una simplicidad mental que, por lo que he leído no se acerca a la realidad. Por eso decía al empezar este post que la película es necesaria, porque es necesario poder diseccionar toda la historia que este país lleva en su mochila sin complejos. Que el traslado de los huesos de un dictador inmisericorde no puede ser objeto de la ira furibunda de tanta gente que ni si quiera nació bajo el yugo y sus flechas.

Un golpe de Estado, el 17 de julio de 1936, iniciado en las colonias africanas con el fin de “poner orden en la República”, desembocó tras su fracaso en una cruenta y brutal Guerra Civil que, algunos, como Unamuno, no vieron venir, quizás por comodidad ideológica, y que nadie, ni tan siquiera los golpistas, imaginaban que terminaría como acabó.

La película da un pellizco a una parte muy pequeña de esa historia, aunque no es tan insignificante como para abrir un agujero lo suficientemente grande para cualquier espectador curioso que decida saber más sobre un hecho terrible que sembró de cadáveres carreteras, cunetas, zanjas y trincheras, que vistió de luto a un país entero y que no permitió cerrar el duelo a los derrotados durante tantos y tantos años.

Quizás, porque así es la historia, porque así es el cine, es hora de recordar el final de otra obra maestra, ‘Las bicicletas son para el verano’, de Fernando Fernán-Gómez, que en el último entre el padre y el hijo, éste le dice a su padre: “y mamá que estaba tan contenta porque había llegado La Paz”, a lo que el padre responde “es que no ha llegado La Paz, ha llegado la victoria”.

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