Salvador Illa frente a Javier Imborda

Durante estos meses de confinamiento, uno de los mensajes más repetidos que han ensuciado mi WhatsApp, iba dirigido a descalificar al ministro Illa, al que se le señala incapaz para el puesto por no ser doctor en medicina, algo que, para estas personas expertas en ser expertas, es un requisito sine qua non. En cambio, durante todo lo que va de legislatura andaluza, no he recibido señal alguna de crítica contra, por ejemplo, el consejero de Educación, un señor que entrenó a varios equipos profesionales de baloncesto en la élite de nuestro país, incluida a la selección española, y al que no se le conoce relación alguna con la Educación Pública, y mucho menos formación al respecto.

Imbroda, que es como se llama el consejero en cuestión, pertenece a esa hornada de nombramientos vip, una especie de casting para la isla de los famosos que entró en la política española como un golpe de viento cuando se abre una ventana creando una corriente que cierra puertas y levanta papeles de la mesa. Algo a lo que no ha sido ajena ninguna institución, con mayor o menor fortuna, y contra lo que no tengo nada, siempre que se acredite que, a pesar de la fama, otras virtudes en la gestión de la cosa pública, adornan sus cualidades profesionales. En ese sentido pienso exactamente como el joven politólogo Fran Chamizo, autor de este artículo. Contra lo que sí puedo tener algo es hacia quienes, con sus antiparras puestas, deciden lanzar mandobles a unos y no a otros, reduciendo su criterio a una cuestión más sectaria que reflexiva.

Comparemos a ambos sujetos, Illa e Imbroda, y veamos sus méritos a lo largo del tiempo que están al frente de sus nada sencillas áreas de trabajo.

Salvador Illa se enfrenta, como el resto del país, a un hecho insólito. Y las circunstancias políticas lo han situado en el centro de la acción, siendo uno de los ejes más importantes de la tarea del Gobierno para hacer frente a la pandemia. Desde hace más de tres meses, Illa ha tenido que dirigir la política sanitaria de un país en shock, incrementando exponencialmente su presencia pública, tanto en ruedas de prensa como en comparecencias parlamentarias de todo tipo. Illa se ha revelado, con el paso de las semanas, y a pesar de todo, en un tipo que, desde el punto de vista de la comunicación política ha crecido en paralelo a su visibilidad. Una crisis de este tipo bien se lo podría haber llevado por delante; también podría haberla usado para algo tan deleznable como lo que representa el ejemplo de Ayuso, en Madrid. Sin embargo, el tándem formado entre él y el doctor Simón, han doblado el pulso en la inmensa mayoría de los casos, a quienes con los cuchillos afilados han pretendido acabar con ellos. Aquí tenéis varios ejemplos de apariciones que no han pasado desapercibidos:

El otro día pedía en Twitter que se definiera con una palabra la comunicación de este hombre desde el comienzo de la crisis. Sosegada e impecable, fueron algunas de las compartidas por quienes leyeron el tweet. Yo añadiría, contundente, implacable, clara, honesta.

Vamos con el otro protagonista de este post. Y quiero empezar precisamente por el mismo punto con el que acababa con el ministro, las comparecencias públicas. El consejero de Educación de la Junta nos ha regalado momentos como este:

Esta comparecencia pública la hacía el consejero para explicar el decreto de escolarización de la Junta de Andalucía, una norma que había trabajado su departamento y que era presentada ante los medios en esa rueda de prensa que, sin duda alguna, podría haber estado preparada mucho mejor. En esta primera prueba, la comparación es hiriente.

Pero este no ha sido el único error de un hombre famoso al frente de un área de gestión. En Granada lo hemos sufrido bastante cuando desde su departamento se aprobó que esta provincia fuese el campo de pruebas para una acción política que, en resumen pretendía acabar con un buen numero de colegios públicos en todos sus municipios, lo que fue entendido como un ataque (no podía ser de otra manera) por aquellas localidades que, con uñas y dientes, se aferran a la mera supervivencia frente al avance de eso que se ha llamado ‘España vaciada’ y que, esta medida brillante (entiéndase el sarcasmo) venía a consolidar como innecesaria aliada.

La respuesta del consejero tampoco se hizo esperar: culpar a su delegado en Granada, al que hizo dimitir, y desactivar una medida protestada en la calle. Otro ejemplo estrepitoso fue el de llevarse la gestión del Parque de las Ciencias de Granada a Sevilla. Y no podemos olvidar el más reciente, el fracaso del proceso de matriculación on line desde el portal Web de su Consejería y que, nos ha dejado imágenes como esta, en la que el humor filtra la indignación de miles de familias en toda Andaucía. La respuesta del señor Imbroda, ¿fue pedir perdón? No. Se limitó a pedir paciencia. Si comparamos todo esto con lo que vemos a diario del ministro Illa, resulta más llamativo aún que lo verdaderamente preocupante para un sector de la población sea que éste no es médico, y no la fullería de un señor que dejó en la puerta de su casa todos esos valores que se le supone a un deportista.

En suma y como conclusión: por cada Imbroda que llega a la política a caballo de su fama, respaldado por brillantes currículos alejados de lo público, son preferibles 1.000 Illas con sensibilidad hacia la cosa pública, con la capacidad de construir equipos y no descabezarlos, con habilidades innatas para la comunicación, con tradición republicana en su discurso y con un excelente abanico de recursos para enfrentarse a los problemas, inesperados o no, que son propios de un trabajo casi siempre ingrato, y que no es una bicoca o recompensa para quien entiende que con el único mérito del prestigio atesorado en una determinada actividad, ya basta para enfrentarse a la resolución de los problemas complejos de una sociedad desde la política.

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