2.500 años de viaje

Poco han cambiado los deseos y los sentimientos de la humildad a lo largo de 2.500 años. Esa es, al menos, una de las enseñanzas que me deja la relectura del libro del periodista polaco Ryszard Kapušcinsky, titulado ‘Viajes con Heródoto’. Otra, que un libro encierra muchos más que serán descubiertos en cada incursión de acuerdo a tantos factores variables, mudables, impredecibles como seamos capaces de soportar.

Decía que los sentimientos de la humanidad han cambiado poco en dos milenios y medio. Y es cierto. A pesar del empeño que, como especie, ponemos en nuestros errores, la persistencia de unos pocos -siempre los menos- en convertirse en extravagantes versos sueltos, ha permitido que coexistan diferentes horizontes que no siempre son la antesala del infierno. En ocasiones, el deseo de una sola persona preocupada por asuntos diferentes, que se interroga sobre cuestiones diferentes o que, sencillamente opta por usar medios diferentes para abrir los problemas cotidianos, ha sido tan beneficioso como para justificar la mera presencia del hombre en este planeta, sujeto pasivo de nuestros desmanes y excesos.

Heródoto, ese curioso y anacrónico compañero de viaje que da la mano a un todavía inexperto Kapušcinsky en eso del reporterismo en territorios tan complejos como la India, China, Sudán o Senegal durante los años 60 y posteriores del siglo XX, fue quizás el primero en documentar que viajar, enriquecerse con la idea de que el mundo es un espacio compartido por muchas razas, culturas e ideas con las que es, no sólo recomendable sino necesario alcanzar una comunión tan plena como la que nos permita cada circunstancia, dota a la humanidad de una justificación universal. En base a ella, es mucho más fácil entender que nuestro papel aquí no es tanto el de la conquista como el de la coexistencia.

Heródoto lo escribe mientras relata (no juzga) el conflicto brutal y salvaje que lleva marcando el devenir de nuestra presencia desde un poco después de erguirnos y hacernos bípedos pensantes, la guerra entre oriente y occidente, (que también después ha sido y es la guerra del norte contra el sur) la visión de una doble cosmogonía que ha separado el pensamiento, la Fe en un desfiladero profundo y peligroso. Y Kapušcinsky, nos cuenta que el griego lo escribe, mientras él, un hombre crecido a la sombra gris y pesada del Telón de Acero, descubre la inmensidad del mundo, de un mundo que se abre más allá de la opresiva mirada de la Guerra Fría, de un mundo que, en ese momento prestaba atención (con intereses muy diferentes) a unos países que asumían la necesidad de adquirir la propiedad de su destino, un mundo, el de Kapušcinsky, que exige un redescubrimiento y, como sucedió con Heródoto, un notario que levantase acta de todo aquello para que pudiese ser visto y estudiado décadas, siglos, milenios después.

Han pasado 2.500 años desde que Heródoto decidiese ensanchar el mundo conocido, y más de 50 desde que el reportero polaco empezase y permitiera, junto a otros tantos y entre otras cosas, que la voz de países que no estaban en el centro de tablero, adquiriesen el rol justo que sus movimientos políticos demandaban. Ambos, a pesar del océano de tiempo que les separaba, se convirtieron en compañeros de equipo que, cada uno a su manera, redactó el reportaje de un mundo en constante tránsito.

Al final, uno no sabe si Heródoto fue más un reportero que un historiador. El mismo Kapušcinsky se hace la misma pregunta al final de su libro. El caso es que sus crónicas cimentaron el edificio de la cultura que hoy es heredera de filósofos, dramaturgos, políticos y poetas que vivieron hace miles de años y que pusieron las bases de cada uno de nuestros pensamientos. Y gracias a tipos como el polaco que hoy coprotagoniza este post, podemos conocer a través de, quizás, su enseñanza más importante, esa que nos muestra el valor de la mezcla, de la contaminación entendida como confusión de lenguas, de razas, de pieles, somos fruto de esa confusión, de esa mezcolanza que, no siempre fue producto de la pacífica comunión entre pueblos vecinos, pero que, en cualquier caso, nos recuerda el único camino que transitar para la verdadera supervivencia, para el único triunfo posible.

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