De viajes y de música

No es casusal que haya elegido el título de una canción para bautizar esta nueva bitácora (y van X). La música va conmigo desde que tengo uso de razón (algo de lo que no hace tanto, aunque las canas en mi barba digan otra cosa). Así funciona mi cabeza. Recuerdos asociados a canciones. Y no sé si actúa así de manera inconsciente o, en cierto modo, soy yo quien empuja la causalidad entre un hecho vivido y una canción, atando melodías y experiencias con el fin de facilitar el cansado oficio de recordar.

En este caso, la canción forma parte de un conjunto de historias, de un ábum de músicas, de un viaje iniciátco que me abrió los ojos a traves del tacto y del oído. Ítaca no fue un destino, sino una invasión. Llegó de manera inesperada y arrasó con quien yo era en ese instante.

Han pasado más de 10 años, aunque no he podido celebrar el anivesario como la ocasión merecía. Quizás un brindis escondido y un mensaje al 50% de esa historia para recordarle que cada kilómentro de aquella ruta se tatuó en la piel de mi memoria. Esa piel también se arruga, no es ajena a las tormentas del paso del tiempo, y cada pliegue permite que los recuerdos se curven, se toquen, se escondan, salten y construyan unversos infinitos en los que habitar de manera ausente.

En un coche demasiado grande para tanto miedo, empezó a sonar una lista musical que nos llevó de la mano hasta Mérida, y de ahí a más tierras fronterizas, lindes entre países, pero también entre sentimientos y prohibiciones, entre la aventura de vivir y la correción ahogada y asfixiante de una rutina contaminada con olor a muerto. En algún momento de la carretera entre Madrid y Mérida, cuando ya estaba borracho de Beirut, de Lori Meyers… sonó Muse, con sus agujeros negros, con sus revelaciones, con sus esperanzas que, de repente se hicieron mías, con sus naves espaciales que, esta vez sí, me llevaban lejos de todo. Al bajar las ventanillas en algún semáforo de esas ciudades que atravesé, los miedos, como el amor en la canción de Los Burros -o eran Los Rápidos-, ante la visión de la pobreza, sataron del coche arrastrando por el asfalto prejuicios y eso que llaman zona de confort.

Han pasado 10 años de aquel viaje. Y en mis listas de Spoty siguen algunas de las canciones de aquel viaje, no sé si como antídoto a la nostalgia de aquellos días, o quizás como antídoto al tiempo que sigue avanzando manriqueño. El caso es que cuando suena alguna de ellas siento en la cara un aire de frontera y un golpe de salitre y levante, y sonrío imaginando señoras vestidas de Guardia Civil y un enorme bigote.

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